¿Qué significa ser cristiano? VI: Obedecer a Cristo

¿Qué significa ser cristiano? VI: Obedecer a Cristo

Vivimos en un país donde lo cristiano está presente en todas las facetas de la sociedad y en la cultura, en la calle encontramos muchas iglesias, fiestas, tradiciones y edificios con símbolos cristianos. Mucas personas y entidades nos llaman a hacernos cristiano, pero cada una tiene una vivencia distinta para aquello que se denomina cristiano. Entonces cualquier mente que razone un poco tiene que plantearse. ¿Qué significa ser cristiano? Hay tantas denominaciones, iglesias, personas que opinan sobre lo que es ser cristiano. A través de la Palabra respondemos a la pregunta en Mt. 28 ¿Qué es un cristiano? Un discípulo de Cristo que vive una vida entregada a Él. Que se ha arrepentido de su pecado, se ha bautizado y vive constantemente guardando sus mandamientos.

Hoy vamos a ver que aquel que afirma ser discípulo de Cristo debe ser una persona obediente a su Palabra. La razón de esta obediencia no radica en lo buenos que somos nosotros para obedecer sino en quién es Cristo para que tenga que ser obedecido.

El N.T usa la palabra Señor (Kyrios) una 700 veces. Cuando o hace para asuntos de la vida secular significa persona con autoridad y superioridad como por ejemplo cuando es usa para decir que los esclavos tiene un señor (Mt. 10:24) también para hablar del dueño de una propiedad (Mr. 12:9) o para el superior de un empleado (Lc. 16:5).

En el A.T. también se usa en referencia a Dios como Señor de Señores (Dt. 10:17; Sal. 136:3) o el Señor de toda la tierra (Jos. 3:13). En referencia a Jesús es la manera corriente en que sus seguidores se refieren a Él (Mt. 17:14-15; Mr. 2:28). Además sus palabras son consideradas como autoridad definitiva (1 Ts. 1:8; 1 Co. 7:10).4_reymago

La fe en Jesús que proclama el evangelio implica el reconocimiento de Él como Señor, como dueño, como amo y jefe del que cree. Desde el principio la Iglesia, son cristianos aquellos que le reconocen como Señor. El Señorío de Cristo es el rango, poder y dignidad de Jesucristo como Señor de Señores y Rey de Reyes (1 Ti. 6:15; Ap. 19:16) sobre la vida y la muerte de aquellos que creen en Él. La palabra señorío hace referencia a su dominio soberano sobre toda la creación (material y espiritual), todas las circunstancias y todas las relaciones. La confesión fundamental de los cristianos es que Jesucristo es el Señor (Fil. 2:11). Cuando un creyente hace tal confesión por fe, está afirmando directamente su pertenencia a Cristo como Señor, expresada a través de la obediencia incondicional a su voluntad.

Esto es muy importante porque erróneamente creemos, en muchos casos, que lo que tenemos que hacer es creer y nuestra responsabilidad es la Fe. Creemos y por lo tanto ya somos discípulos o cristianos pero nos olvidamos que la Fe es un don de Dios, no es algo que nosotros podamos desarrollar por nosotros mismos, nuestra tarea es la obediencia. Lo estudiábamos en Santiago “Así también la fe por sí misma, si no tiene obras, está muerta” Stg, 2:17. ¿Cuáles son entonces nuestras obras? La obediencia a Cristo.

Las últimas palabras de una persona cuentan mucho. Cuando Jesús está despidiéndose de los Once, de sus discípulos (Jn 14:15-24; 15:14-16), Él les está dando las últimas instrucciones de cómo deben vivir una vida que le agrade a Él y Jesús va a ser claro. Obedeciéndole.

Jesús dice en estos momentos una de sus frases más conocidas “Sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando” (Jn. 15:14). La relación que tenemos como discípulos de Cristo es también de la amigos. Somos considerados amigos por Cristo, las segunda persona de la trinidad. Es una referencia al A.T. a la relación que tenían Abraham con Dios (Is. 41:8; Stg. 2:13; 2 Cr. 20:7). Dios considera a Abraham su amigo e incluso no quiere guardarle información importante sino que la comparte con él Gn. 18:16-20.

Ahora Jesús compara su relación con los Once de esta manera. Son amigos de Cristo, pero que sean considerados amigos no implica que estemos ante una relación de igualdad. No estamos ante dos personas iguales en derechos y obligaciones en una relación sino que existe un Señor, un Maestro el cual considera su amigo a su siervos o discípulo. Ser amigo de Cristo implica estar bajo su autoridad. Jesús deja claro que la vida que debemos vivir es en obediencia.

La obediencia a Cristo es una muestra de amor (14:15): Cuando estamos renunciando al pecado por hacer la voluntad de Dios lo que se muestra en nosotros es amor para con aquel que estamos obedeciendo. Porque el amor se muestra en los actos. Con nuestros labios podemos decir que amamos mucho pero a la hora de la verdad el amor se manifiesta en lo que hacemos, en como hablamos y en como tratamos a la otra persona. Pensemos en una relación de pareja si decimos que amamos, pero luego hablamos mal, ofendemos, no nos preocupamos, ¿podemos decir que hay amor? La respuesta es no, el amor se manifiesta en los actos. Cuando recordamos con cariño a alguien que amamos, no recordamos sus palabras diciendo que nos amaba sino como lo transmitía con sus gestos y acciones.

De la misma manera nuestro amor por Cristo tiene que manifestarse en obediencia. ¿Y por qué es tan tajante aquí Jesús? Si no obedecemos es que ya no hay amor, suena casi como un chantaje. Pues porque no se puede servir a dos Señores (Mt. 6:24). En este caso es con las riquezas pero no podemos estar viviendo a dos aguas, no podemos vivir con un pie en el mundo y siguiendo lo que el mundo dice acerca de la vida, las relaciones, la sexualidad y a la vez obedecer la Palabra de Dios los domingos. Porque cuando ocurre eso realmente estas sirviendo sólo a uno y este es Satanás.

Santiago también va a decir algo parecido “hombre de doble ánimo, inestable en todos sus caminosStg. 1:8 las personas de doble ánimos son aquellas que navegan entre dos aguas y son inestables en todo lo que emprenden porque no están sobre la roca que es la Palabra de Dios.

Además cuando obedecemos mostrando amor por Cristo esto nos hace ser amados por el Padre. El que tiene mis mandamientos se refiere a aquel que los conoce y lo obedece el cual es sinónimo de amar a Cristo. El Padre ama a tales personas. Quizás por culpa de obedecer los mandamientos de la Palabra de Dios podemos sentirnos solos, marginados o rechazados pero podemos estar seguros de que cuando obedecemos a Cristo no sólo le agradamos sino que somos amados por Dios.

La obediencia a Cristo es guiada por el Espíritu Santo (14:17-20): Los discípulos tienen miedo porque no saben lo que va a pasar ahora. Pero Jesús quiere tranquilizarlos explicándoles que Él se va, pero la relación continúa. Aquellos que creen en Cristo, que tienen fe en Él como Salvador y como Señor de sus vidas reciben al E.S., que según lo que dice Jesús, hace la misma función que Jesús hacía con los Doce. Los guía, enseña y corrige.

El mundo no podrá conocer al Espíritu Santo, porque no puede recibirlo sólo aquellos que han confiado en Cristo. No sólo es que no lo puedan recibir es que esto es algo incomprensible para el mundo en que vivimos, si les decimos a nuestros vecinos que creemos que tenemos a una persona de Dios en nuestra vida guiándonos probablemente pensará que estamos locos porque el mundo no puede entenderlo. A través del Espíritu Santo es la manera en que los discípulos podrán seguir obedeciendo las Palabras de Jesús. ¿Cómo? Jn. 14:26El os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho” esta es una promesa para los Doce porque para recordar algo tienes que haberlo oído antes. Cuando te enteras de algo nuevo no estás recordando. La tarea del Espíritu Santo en la vida de los Once es al de recordarles las Palabras de Cristo el resto de su vida. Los Once aprovechan esto para escribir los evangelios y todas las cartas del N.T. ¿Cómo podrían recordar con precisión las Palabras de Jesús? Los evangelios más antiguos son los de Mateo y Marcos (50 d.C) o sea que hace 20 años que Cristo ha muerto y que han ocurrido todas los eventos de su ministerio. ¿Podemos nosotros recordar alguna conversación del año pasado? ¿Y de hace 20 años?. La verdad es que nos costaría recomponer hasta la última predicación que hemos escuchado. Pero el E.S. les muestra a estos hombres lo que Jesús había dicho y lo hace con fidelidad.

No sólo eso sino que le muestra “toda la verdad” no sólo recordar lo que Jesús dijo sino todo lo que Jesús quiere para la vida de su discípulos (Toda la Escritura). Con el objetivo de que “a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra2 Ti 3:17. Para que seamos como Cristo.

Hoy en día el Espíritu Santo no nos da nueva revelación de lo que Jesús dijo pero si nos guía a través de la revelación que Él mismo recordó a los Once más a Pablo para guiarnos en nuestra vida. ¿Queremos obedecer a Cristo sólo podremos a través de la guía del Espíritu Santo?. ¿Cómo nos guía el Espíritu Santo? A través de la lectura, meditación y oración. Jesús mismo se apartaba tiempo para orar y pedir guía al Espíritu Santo. Él no dirá como obedecer.

La obediencia a Cristo es el medio para reflejar a Cristo al mundo (14:22-24): Judas no Iscariote ha hecho una pregunta a Jesús. Era una pregunta normal, si estaba siendo tan claro enseñándoles que es lo que Jesús va a hacer y que va a regresar más adelante, ¿Por qué no se lo cuenta al resto del mundo para qué crea? Jesús va a dar una respuesta repitiendo algo que ya dijo anteriormente, la respuesta nos puede parecer que no es clara. Pero si estamos atentos a las palabras de Jesús podremos entender lo que está diciendo. Jesús les responde que sí se va a manifestar al mundo pero no de la manera que ellos esperan o consideran que fuera la mejor sino que Cristo se manifiesta al mundo a través de las vidas de los que le aman y le obedecen. Más adelante Jesús ampliará la definición diciendo que le serán testigos “me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierraHc. 1:8  donde les explicará que son ellos 11 los que tienen que ir por el mundo predicando el evangelio del reino que predicaba Jesús, bautizando y enseñando a guardar los mandamiento de Cristo. Pero esto sólo lo pueden hacer las personas que aman a Cristo.

Conclusión

Aquel que quiera ser discípulo de Cristo va a tener que pensárselo muy bien. Evaluar lo que cuesta porque para empezar cuesta el corazón y la vida. Amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente. Pero además si queremos ser discípulos de Cristo tenemos que vivir una vida de obediencia a su Palabra en todo momento. Una obediencia que es muestra de amor a Cristo. Ya vimos que todas las características están enlazadas entre ellas.

Para esta obediencia no estamos solos sino que el E.S nos guía a ella a través de la Palabra que Él mismo dicto a los Apóstoles. Podemos pedir guía a Dios en los momentos difíciles para tomar decisiones y Él nos guiará a través del E.S.

En último lugar cuando obedecemos a Cristo lo que estamos haciendo es reflejando a Cristo allí donde estemos obedeciendo. Porque nos comportamos como Cristo lo haría. Jesús no es hipócrita para pedir que hagamos algo que Él no haría. Así que obedeciendo a Cristo le estamos imitando y reflejando al mundo

El fracaso del siervo.


Tienen la mirada perdida, los brazos en jarra, se quedan quietos de cuclillas mientras otros saltan y se felicitan. Lloran y no lo disimulan. Es fácil reconocer a los jugadores que han perdido una final. Los intentan consolar pero no pueden porque hay pocas experiencias más duras en la vida de un ser humano que esforzarse y fracasar.

El fracaso actúa como un fantasma en la vida de todas las personas que inician algo. Coge forma de quiebra en aquel que empieza un negocio, de suspenso en aquel que estudia, de derrota en el equipo que entrena por la semana preparando el partido del sábado. Pero también formas más complejas y dolorosas como de divorcio en aquella pareja que está pensando en casarse.

Cuando nos convertimos en colaboradores de la obra de Dios podemos caer en el error de pensar que la victoria está ganada. Que si obedecemos a Dios todo nos vendrá de cara y éxito será parte de nuestro servicio. Pero ¿qué pasa cuando el fracaso llega? ¿Cuándo las personas a las que se suponen que tenemos que servir no son bendecidas o directamente rechazan nuestra labor? ¿Qué pasa cuando las iglesias se cierran, cuando ya no van niños a las escuelas dominicales porque sus padres piensan que pueden usar el tiempo en algo mejor, cuando a las reuniones viene menos gente, cuando los que asisten a las predicaciones llevan años escuchando la palabra de Dios pero no hay crecimiento en sus vidas?56bf6bd0ca06a_sport-1043190_640

En más de una ocasión he escuchado la frase “No existe el fracaso para el hijo de Dios” que suena muy bien, pero es una frase lapidaria que acaba dinamitando a aquellos que siendo hijos de Dios se sienten hundidos como Elías cuando llega al monte Horeb buscando la presencia de Dios. “He sentido un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos; porque los hijos de Israel han dejado tu pacto, han derribado tus altares, y han matado a espada a tus profetas; y sólo yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida1 R. 19:10 Elías era uno de los responsables de hacer despertar al pueblo y está huyendo deprimido de Jezabel reconociendo que no es capaz de llevar a cabo la tarea.

Los profetas son un buen ejemplo de siervos obedientes que aparentemente no tuvieron el éxito que su tarea requería. Un claro ejemplo fue Jeremías.

Cuando el sacerdote Pasur, que era el oficial principal de la casa del Señor, oyó lo que Jeremías profetizaba, mandó que golpearan al profeta Jeremías y que lo colocaran en el cepo ubicado en la puerta alta de Benjamín, junto a la casa del Señor” Jr. 20:1-2

A pesar de hablar palabras directas de Dios, Jeremías fue rechazado por el pueblo hebreo, hasta el punto de reaccionar violentamente contra él. Pero el pueblo llano no fue el único que le volvió la espalda sino que hasta el propio sacerdote, el que se suponía líder espiritual del pueblo mandó que lo azotaran y luego lo pusieran en un cepo al lado del templo a modo de ejemplo para el resto de la sociedad.

El hombre que debía hablar palabras que despertaran al pueblo de anemia espiritual era puesto como ejemplo público de lo que le ocurría a la gente que iba contra los sacerdotes. El profeta elegido era ninguneado por todos y su mensaje se perdía en los oídos sordos de una sociedad que no quería oírle.

«¡Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir! Fuiste más fuerte que yo, y me venciste. Todo el mundo se burla de mí; se ríen de mí todo el tiempo. Cada vez que hablo, es para gritar: “¡Violencia! ¡Violencia!” Por eso la palabra del Señor no deja de ser para mí un oprobio y una burla. Si digo: “No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre”, entonces su palabra en mi interior se vuelve un fuego ardiente que me cala hasta los huesos. He hecho todo lo posible por contenerla, pero ya no puedo más.» Jr. 20:7-9

El éxito del siervo de Dios no reside en el resultado que espera obtener, o que otros esperan que obtenga, sino en obedecer íntegramente las palabras de Dios. Jeremías puede sentirse humanamente fracasado y es cierto que a los ojos de los que le rodean es un profeta apaleado que no consigue que nadie le haga caso.

Pero a pesar de este supuesto fracaso nos describe cual es la verdadera pasión del siervo de Dios, la obediencia. Sea cual sea el resultado, un Jeremías hundido y deprimido reconoce que aunque quiere dejar su labor hay un fuego ardiente en su interior que le impide callarse, que le impide dar un paso atrás e ir a casa, que le impide dejarse vencer por la violencia y el rechazo.

Si decidimos ser colaboradores de Dios allá donde estemos, en nuestra casa, en nuestra iglesia, nuestro trabajo o en el instituto el fantasma del fracaso vendrá a visitarnos cada cierto tiempo en forma de rechazo de frutos que no llegan o incluso de violencia. Es en estos momentos donde nuestra mirada tiene que estar puesta en el éxito de la obediencia.

El que me ama, obedecerá mi palabra, y mi Padre lo amará, y haremos nuestra vivienda en él. Jn. 14:23

El precio del servicio.


Empezamos esta serie hablando sobre el llamado que todos tenemos de colaborar en la obra de Dios en la vida de los que nos rodean. Seguimos viendo que vivimos en una sociedad que nos enseña a centrarnos en nosotros y en nuestras necesidades hasta el punto de olvidarnos del que tenemos a nuestro lado. Pero para superar esa barrera es necesario estar dispuesto a hacer un sacrificio, a pagar un precio.

El precio para cada uno puede ser distinto. El precio para Clara, que es está yendo al cine con su amiga Sara, para sacarla un poco de casa después de la muerte de su madre, es 56a3fa1834da6_puzzle-226743_640renunciar a horas de estudio que necesita para las últimas asignaturas de su carrera. El precio que unos padres pagan para que sus dos hijos puedan estudiar la carrera que desean es hacer más horas extras en sus trabajos y pasar menos tiempo juntos. El precio que Jorge paga es robarle horas al sueño después de salir de trabajar para preparar los estudios que le da al pequeño grupo de jóvenes los viernes a la noche. No existe bendición sin sacrificio.

Si alguien quiere venir en pos de mí niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” Lc. 9:23

Jesús está hablando de su muerte y de que le es necesario pasar por ella y nos quiere enseñar que no hay nada más valioso para un siervo de Dios que cumplir con su mandato, aunque esto le lleve incluso a morir. La imagen que Jesús emplea aquí para ilustrar el acto de obedecerle y seguir sus mandamientos es la relación Maestro/Discípulo, muchos discípulos de Jesús le seguían literalmente tras él a lo largo de su ministerio. Ninguno lo hacía obligado, algunos por interés, pero a lo largo del ministerio de Jesús va dejando claro quienes lo seguían de una manera sincera y quienes no. Realmente lo que diferencia a uno y otro es lo que están dispuestos a dejar atrás, a renunciar. Porque para que puedan ser útiles, en las manos de Dios, para su obra van a tener que pagar un precio.

Esta es una idea que recorre la Biblia, la necesidad de que el siervo se sacrifique para que otra persona sea bendecida, lo vemos en una niña, sierva de Naamán (2 R. 5:1-5), que renuncia a ver morir al hombre que la ha esclavizado y decide enviarle a un profeta que puede salvarla, esta niña no salva la vida de su señor, pero si se va a convertir en vehículo de esta salvación de Dios a través de un consejo.

Vemos esta actitud en José (Gn. 45:4-8), el cual renuncia a ser vengativo con los hermanos que años antes lo vendieron como esclavo y engañaron a su padre para que pensaba que estaba muerto. José renuncia a su derecho a vengarse a favor de ser vehículo de la salvación de Dios en su familia.

Cuando cogemos esta idea y la transportamos a nuestro 2016 no nos es difícil ver esa negación en muchas de las personas que han trabajado en nuestras vidas, desde nuestros padres, pastores, maestros o simplemente hermanos que sin saberlo han sido buenos ejemplos. De la misma forma tenemos que saber que si queremos ser colaboradores de Dios en su obra, en medio de la generación que nos ha tocado vivir, vamos a tener que pagar un precio, que en el menor de los casos será sólo tiempo y algo de esfuerzo, pero que en ocasiones nos llevará a tener ganas de tirar la toalla.

Entonces ¿cuál es mi cruz? quizás la tuya sea ser el único miembro de tu familia que confía en Cristo y debes aguantar el menosprecio o directamente la oposición en favor de ser luz en esa familia. Quizás eres profesor/a de una escuela dominical donde los padres ni se preocupan de llevar a los niños a ella, no dándose cuenta de lo fundamental de enseñarles la Biblia a esa edad. Tu cruz es perseverar y no caer en la misma desidia que el resto y así ser vehículo de la bendición de Dios en la vida de esos niños. Quizás tu cruz es que se burlen en clase de ti por pensar que existe un único Dios y declararte su discípulo, que la sexualidad es algo que se debe vivir dentro del matrimonio o que abortar es matar un ser humano. Nunca olvides que tu eres, quizás, la única Biblia que algunos de ellos leerán.

Ser colabores de Dios en su obra tiene un precio que tenemos que estar dispuestos a pagar pero que queda reducido a nada cuando lo comparamos con el increíble valor de la bendición de Dios en la vida de los que nos rodean.

A todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos. Y esto hago por causa del evangelio, para hacerme copartícipe de él.”  1 Cor. 9:23-24

Amistad.


Segundo artículo de la serie sobre la amistad y las relaciones en la adolescencia que he escrito para Protestante Digital podéis seguir la serie aquí.

Las amistades nacen por la casualidad, quizás por nacer en la misma familia, quizás por compartir un hobbie, un campamento, una misma clase durante un curso. Son circunstancias que se nos escapan y que hacen que conozcamos a personas concretas en un mundo inundado de personas anónimas. Pero aunque el nacimiento sea fortuito su crecimiento y desarrollo son algo en lo que nos debemos esforzar.

Vivimos en una sociedad que no espera, donde todo lo que queremos lo queremos ya hecho, solemos querer la meta acortando lo máximo posible el camino como si fuera un lastre que nos hiciera llegar tarde a nuestro objetivo. Queremos comida sin tener que prepararla, queremos estar delgados en diez días, queremos conocer una pareja para toda la vida a través de un portal de internet que nos seleccione las que se ajusten a nuestro perfil. Pero cualquiera de estos objetivos, más bien diríamos que cualquier meta es imposible sin un camino que nos lleve a ella y aprender la importancia del camino nos hará llegar a metas que realmente valgan la pena.

La amistad es una meta que todos buscamos alcanzar, sobre todo en la juventud los amigos juegan un papel trascendental en nuestra percepción del mundo. Son agentes de experimentación, donde aprendemos a relacionarnos fuera de nuestro círculo familiar, con ellos aprendemos a ser independientes y sociables. Su falta es una señal de que algo no funciona en la vida de una persona. Pero como veíamos la semana pasada, las relaciones son algo vivo y la amistad es algo que necesitamos cuidar para que de fruto.

 “Dijo David: ¿Ha quedado alguno de la casa de Saúl, a quien haga yo misericordia por amor de Jonatán?

(2 S. 9:1)

             David y Jonatán se nos muestra como el sempiterno ejemplo de la amistad en la Biblia. Una amistad que perdura por encima de la muerte de estos. David y Jonatán se conocen por casualidad, porque Saúl no quiere dejar ir a casa a ese héroe nacional en que se ha convertido David tras matar a Goliat (1 S. 18). Pero no fue una amistad fácil, pocas lo son cuando te quiere matar el padre de tu amigo. Estos dos guerreros supieron esforzarse por tener una relación de amistad sana que fuera de bendición para los dos por encima de un rey esquizofrénico. Su historia nos enseña algunos principios que nos pueden ayudar a fortalecer nuestra amistad.

  1. No esconder los sentimientos (1 S. 18:3): Se aman y lo comparten mutuamente. Este texto no quiere mostrar otra cosa que un amor fraternal más propio de hermanos que de amigos. No se puede amar en secreto y si queremos que una relación de amistad sincera dure no debemos avergonzarnos de decir de vez en cuando que queremos a nuestros amigos. Vivimos en una sociedad donde el amor está sobresexualizado y parece que único tipo de amor que se puede dar es el de la familia y la pareja, no hay hueco para otro tipo de amor. Pero no tendremos amistades sinceras sin un amor que se muestra.
  2. Pensar en el otro antes que en uno mismo (1 S. 19:4-5): Los celos llevan a Saúl a querer matar a David. Jonatán está entre la espada y la pared, entre ponerse del lado de su padre y rey de Israel o la de su amigo. En este momento trascendental el pensar en uno mismo podría hacer que Jonatán se pusiera del lado de su padre, en el fondo matar a David le asentaría a él como futuro rey de Israel, a Jonatán le convenía. Pero ante la injustificada persecución de su Padre Jonatán no se esconde sino que defiende en lo que puede a su amigo. Una amistad sana se muestra en el amor cristiano, anteponer las necesidades de otros antes que las nuestras.
  3. Llorar juntos (1 S. 20:41): No es el echo de llorar lo que importa sino lo dispuesto que están a abrir sus corazones para que salga lo que en ellos hay. David y Jonatán no tenían una relación banal donde hablaban sobre los últimos cotilleos del reino, sino que tenían una relación sincera y madura donde dos hombres adultos podía abrir su corazón hasta llorar cuando lo necesitan. La superficialidad no es más que una carcasa, una capa externa que nos permite defendernos de que los demás vean nuestra verdadera realidad. La verdadera amistad no se esconde detrás de una imagen de cómo queremos que nos vean sino que muestra lo que verdaderamente somos, porque sabe que se abre ante una persona que nos ama y que nos cuidará.
  4. Una amistad que no se olvida (2 Sam. 9:1): Jonatán muere en Gilboa con su familia, pero su amistad vive con David y cuando éste logra asentarse en el trono hace memoria de su amigo e intenta ayudar a uno de sus hijos. No es la necesidad de Mefi-boset, ni el gusto por hacer un bien a un necesitado sino el amor por su amigo. Puede que su relación personal ya no exista, pero su amor por él vive por encima de que puedan estar juntos o no.

La amistad de David y Jonatán brilla en la Biblia como una de las historias más bonitas. Su belleza no radica en la facilidad o la falta de problemas sino en como dos aguerridos guerreros fueron capaces de mantener una amistad fiel en mitad de cualquier dificultad.

David y Jonatán es el ejemplo de cómo mantener viva una amistad a pesar de la más oscura de las tormentas.