¿Qué significa ser cristiano? VII: Perdonar

¿Qué significa ser cristiano? VII: Perdonar

Empezamos esta serie sobre qué significa ser cristiano en Mt. 28 donde veíamos que Jesús reunió a sus discípulos en una montaña de Galilea y allí les dio un mandato “Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones (v. 19). Veíamos la diferencia entre identificarnos como cristianos a hacerlo como discípulos. Jesús nunca llamó a la gente a hacerse cristiana en el sentido de apuntarse a una religión. Sino que el llamado es a ser discípulos, personas que le sigan, le obedezcan y quieran vivir como Él vivió.

En los momentos más difíciles es donde el carácter de un hombre o una mujer queda expuesto y podemos ver lo que realmente es una persona. En el momento de su muerte, ante todas las personas que le estaban insultando, burlándose y alegrándose de su muerte Jesús ora «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» Lc. 23:24. Jesús era un hombre perdonador y si queremos ser identificados como cristianos debemos perdonar como Él perdonaba,

Colosenses 3:12-17

Pablo empieza el capítulo 3 con un llamado a la iglesia de Colosas, “que busquen las cosas de arriba” (v. 1) porque han resucitado con Cristo y deben buscar las cosas de Cristo. Las cosas de Cristo son aquellas que son definitorias de Su persona. Entonces como tienen que buscar las cosas de arriba deben considerar su cuerpo como muerto (v. 5). ¿Porqué como muerto? porque los muertos no reaccionan. La tentación externa seguirá existiendo pero no reaccionarán a ella porque están como muertos a ella. En los siguientes versículos les explica que no deben hacer: “Ira, enojo, malicia, malidicencia, leguaje soez” (v. 8) “mentiras” (v. 9).

Entonces a partir del versículo 12 va a explicar dos aspectos de la relaciones que tienen que tener los unos con los otros. Estos textos son muy importantes porque nos indican como debemos comportarnos con otras personas, sobre todo en la iglesia: Soportándonos y perdonándonos (v. 13).

Aquello que se debe entender (v. 12): Debemos entender quiénes somos “escogidos de Dios, santos y amados”. Somos hijos de Dios salvados por Cristo entonces nuestra salvación y nuestra identificación con Cristo hacen que tengamos una serie de responsabilidades. No somos responsables por nuestra salvación. El Padre y Cristo se encargan de ella, pero si somos responsables por la vida que vivimos en la tierra, por las decisiones que tomamos, por como usamos el tiempo que Dios nos da, como cuidamos de las relaciones con los que nos rodean. Esto es lo que define lo que hacemos, no perdonperdonamos, amamos, nos soportamos, pensamos los unos en los otros porque es lo mejor para el grupo o porque mis hermanos se lo merezcan sino porque soy discípulo de Cristo lo hago porque es la imagen a seguir. Todo se vive bajo la perspectiva del discípulo “Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en míGál. 2:20. Por eso tenemos que tener conciencia de quienes somos. Somos discípulos de Cristo y debemos comportarnos como tal.

Aquello que debemos entrenar (v. 12): Pablo explica aquellas cualidades que tiene que haber en nuestra vida para poder soportar y perdonarnos. Usa la palabra revestirse, ponerse, de la misma manera que nos preparamos con la ropa adecuada para ir la nieve así también tenemos que prepararnos de la manera adecuada para actuar como un discípulo de Cristo. Para empezar: tierna compasión que es misericordia, compadecerse del sufrimiento ajeno, saber que nuestro hermano es pecador igual que nosotros y que tiene lucha contra la tentación igual que nosotros. Bondad todo lo bueno y favorable, cuando estamos revestidos de bondad todo lo que hacemos lo hacemos para que sea favorable para la otra persona aun cuando es disciplinarla [claro ejemplo de los padres]. Humildad renunciando a nuestras exigencias o a lo que queremos para buscar lo que otros quieren. Mansedumbre que se trata del trato suave y que tiene la virtud de tardar en enfadarse, que no reacciona violentamente ante la el pecado de otra persona. Cuando hablamos de Dios la paciencia es la virtud de no castigar inmediatamente los pecados de las personas sino esperar un tiempo para que se arrepientan. De la misma manera tenemos que ser pacientes con la vida de los hermanos que nos rodean.

Esto es una tarea diaria y que no acaba nunca. Es un entrenamiento que se tiene que hacer día tras día. No hay trucos ni atajos sólo de esta manera podremos estar preparados para lo que nuestro maestro quiere de nosotros.

Aquello que debemos hacer (v.13): Lo que debemos hacer es “soportándoos y perdonándoos los unos a los otros”. La Biblia da por supuesto que nos vamos a ofender los unos a los otros. Somos pecadores y eso va a ocurrir lo que tenemos que plantearnos es como vamos a actuar cuando esto ocurra. Si cuando alguien nos ofende actuamos en venganza o queriendo tomarnos la justicia por nuestra mano esta manera de actuar es igual que la del mundo en que vivimos. Pero como discípulo de Cristo ¿cuál debe ser nuestra manera de actuar? la manera de Cristo “como Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.” (v. 13)

No sólo a través de la cruz dio ejemplo Jesús acerca del perdón cuando dijo “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23:34) sino que mientras estaba en este mundo, Cristo enseñó a sus discípulos a orar, “Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mt. 6:12). Jesús también había enseñado a Pedro a perdonar “no hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt. 18:22). También en el sermón del monte habla sobre la resolución de conflictos (Mt. 5:21-26). Jesús plantea el caso de uno que está a punto de presentar un sacrificio en el altar entonces se acuerda de que “su hermano tiene algo contra él”. La actitud correcta que plantea Cristo es dejar a un lado la ofrenda e ir a reconciliarse con el hermanos antes de proseguir con la ofrenda. ¿Por qué si creemos que debemos obedecer a Dios antes que a los hombres? pues la razón es que tener un problema, una confrontación, con otra persona nos pone en unas situación de pecado a alguno de los dos o a los dos. Fijaos que Jesús pone el ejemplo de una persona que piensa que no tiene problema contra la otra persona, es la otra persona que tiene problema con él, pero tiene que tomar la iniciativa.

En los versículos siguientes (v. 25-26) sigue con la misma idea de que es mejor la reconciliación que el pago por el pecado. La reconciliación implica humildad, reconocer errores y pedir perdón pero eso siempre será peor. Debemos tener la iniciativa de la reconciliación esto solucionará muchos conflictos y podemos alabar a Dios sin que haya pecado en nosotros.

Así que aquello que debemos hacer es perdonar y esforzarnos por reconciliarnos con nuestros hermanos de la misma forma que Cristo enseñaba y hacía.

El modo de que debemos hacerlo (v. 14-16): Pablo sigue explicando el modo de que se debe hacer esto, de que debemos actuar, sabemos cómo prepararnos, sabemos quiénes somos y lo que tenemos que hacer y ahora explica cuál es el modo de hacerlo. La primera manera es a través del amor, el amor fue el tema de la última clase, pero como veíamos se relacionan todos los temas se relacionan entre sí. Sobre todas las cosas debemos revestirnos de amor. Porque no vamos a poder ejercitar el perdón si no amamos a la persona que tenemos que perdonar. La Biblia dice que “de tal manera amó Dios al mundo y que dio a su hijo unigénito” (Jn. 3:16) así que Dios salva al que ama de la misma manera debemos perdonar con amor.

También debemos buscar la paz de Cristo, que es la reconciliación con el Padre. Así que si nosotros hemos sido reconciliados logrando que tengamos paz con Dios no hay escusas para que tengamos otra situación entre nosotros. Debemos tener paz entre nosotros, una paz a que “hemos sido llamados en un solo cuerpo” (v. 15) un cuerpo no puede atacarse a sí mismo, cuando lo hace tenemos una enfermedad. De la misma manera el cuerpo de Cristo no debe atacarse a sí mismo, sino que tiene que vivir en paz.

En resumen, “haciéndolo todo en el nombre del Señor Jesús” ya que si somos sus discípulos y él es nuestro maestro debemos vivir como él vivía y debemos obedecer sus mandatos.

Conclusión

Si somos discípulos de Cristo debemos comportarnos como tal, debemos perdonar como Él perdonó. Para ello tenemos que preparar nuestra vida. Si dejamos nuestra vida a monte puede salir cualquier cosa de ella pero si trabajamos en ella dará buenos frutos si trabajamos nuestra paciencia, humildad, tierna compasión, mansedumbre y bondad. No hay trucos ni atajos para ello. No podemos tener una relación correcta con Dios si no tenemos una relación correcta entre nosotros ya que arrastraremos las consecuencias de nuestro pecado.

Así que en la vida del discípulo debemos recorrer nuestro trayecto con amor, obediencia, servicio humilde, amor por la iglesia y perdón.

El poder del perdón.


Existe pocas sensaciones tan liberadoras como el perdón. El pecado, la culpa, el rencor son pesadas piedras que se acumulan en nuestra vida lastrándonos y obligándonos a vivir pendientes de ellas.

Portada del libro.

John MacArthur firma este libro que trata acerca de la libertad que experimenta el cristiano cuando es capaz de perdonar a sus deudores.

El perdón no es un concepto superficial. Dios lo toma en serio, tan serio que Él no nos ha dado una opción en cuanto al perdón. La obediencia a su Palabra es esencial.

El pastori MacArthur escribe en sus primeros capítulos acerca de la base doctrinal del perdón, para luego seguir hablando acerca de la necesidad de perdonarnos los unos a los otros. No escondiéndose y tratando las respuestas a preguntas dificiles.

 

Encuentro.


Puede ser una tragedia, una muerte de un ser cercano, un accidente grave. Puede ser algo más cotidiano como una mudanza a un sitio donde no nos adaptamos o un cambio de trabajo que no cumple las perspectivas que nos había planteado o incluso conocer a una persona. Existen circunstancias en nuestra vida que marcan un antes y un después de su existencia. Suelen ser terremotos que sacuden esos cimientos que pensábamos que eran tan firmes y que nos convierten en personas distintas de las que éramos antes de enfrentarnos a ellas.

Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo;y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?El dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persiguesHc. 9:3-5

Existen pocos cambios en la vida de una persona como el sufrido por Saulo de Tarso en el camino que separaba Jerusalén de Damasco. El Saulo que salió de Jerusalén era una persona que “respiraba aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor” (Hc. 9:1). Pero el Saulo que llegó a Damasco fue otro.

“El Señor le dijo: Ve, porque instrumento escogido me es éste, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de IsraelHc. 9:15

El Saulo que llegó a Damasco ya no era un perseguidor del cristianismo sino el mayor evangelista del siglo primero. Este cambio en la vida del discípulo de Gamaliel se produjo por un encuentro directo entre perseguidor y lo que pretendía perseguir.

A lo largo de su ministerio en la tierra, fueron varios los episodios que Jesús tuvo con personas las cuales no volvieron a ser las mismas después de encontrarse con Él: Nicodemo, la mujer samaritana, el ciego bartimeo. Siempre hay un antes y un después. Siempre hay una Jerusalén y una Damasco. Siempre hay una mujer que va a buscar agua pretendiendo no ser vista por la opinión pública y otra que corre a avisar a todo el pueblo que ha encontrado al Mesías. Siempre hay un fariseo que busca a Jesús de noche, a escondidas y otro que lo defiende públicamente cuando los demás miembros del sanedrín quieren matarlo.

En seguida predicaba a Cristo en las sinagogas, diciendo que éste era el Hijo de DiosHc. 9:20

En mundo que valora tanto las experiencias que hagan que esta vida valga la pena debemos recordar que no existe mayor experiencia que encontrase con Jesús. Podemos ignorarlo y pasar de alto su encuentro, como Caifás o Pilato hicieron, pero si aceptamos su encuentro nuestra vida nunca volverá a ser igual. Nuestra Jerusalén se convertirá en Damasco. De perseguidores nos convertiremos en perseguidos. De destructores nos convertiremos en instrumentos útiles.

Porque con Jesús en nuestra vida nada vuelve a ser igual.

«Justicia divina»


           Justicia: que inclina a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece. (R.A.E)

       Esta semana ha saltado a las titulares un vídeo que se ha difundido sobre la ejecución de Najiba una chica de 22 años, casada y supuestamente adúltera. Este video, grabado con deficiencia por un teléfono móvil en algún lugar de Afganistán, es una dura prueba de que aunque vivamos en el siglo XXI, en algunas partes de este mundo la vida los más débiles no vale nada. En a penas un minuto y medio cargado de una crueldad que corta la respiración, esta mujer es tiroteada por la espalda en un acto de ‘justicia divina’.

 “Esta mujer, hija de Sar Gul, hermana de Mostafa y esposa de Juma Khan, se escapó con Zemarai. No se la ha visto en el pueblo durante un mes”, pronuncia un barbudo en presunta función de juez. “Por fortuna, los muyahidines la han atrapado. No podemos perdonarla. Dios nos dice que acabemos con ella. Juma Khan, su marido, tiene derecho a matarla.

      Estas palabras son pronunciadas en medio de un grupo de cien hombres, que posados en un talud, cuales espectadores de circo romano, lanzan gritos de alabanza a Dios por la muerte de una persona culpable. 

Dos guerras mundiales, el descubrimiento de la penicilina, Shakespeare, “El Quijote”, una reforma, una contrarreforma, el descubrimiento de América, la caída del imperio romano, y un largo etcétera de eventos y personas separan este 2012 con la época en que vivió Jesús, y aunque pensemos que hemos cambiado mucho, la realidad, de vez en cuando, nos echa en cara que el ser humano sigue siendo igual.

Le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio.Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?Jn. 8:4-5

       La justicia marcaba una sentencia clara, la muerte. Pero la verdad es que estos escribas y fariseos no estaban precisamente interesados en la justicia sino más bien en atrapar a Jesús en un renuncio que les sirviera para poder acusarlo y condenarlo a muerte a él también. La mujer era un títere, una víctima colateral de los planes de estas personas que buscaban matar a Jesús.

Ante la insistencia por saber si Jesús pensaba que la mujer debería morir, este se levantó les dijo que el que no había pecado debía lanzar la primera piedra. Esta frase venía a decir que Jesús era el único que podía condenarla, porque él nunca había pecado. Pero el echo de que Jesús no respondiera a la pregunta que los fariseos le hicieron nos dice que sí pensaba que la mujer debía morir “Porque la paga del pecado es muerte…Ro. 6:23. De echo al no lanzar la piedra todos confesaron haber pecado y por lo tanto todos merecían morir.

“Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.” Jn. 8:10-11

        Pero Jesús en una muestra de misericordia, que sus congéneres no tenían, perdona a aquella mujer, le libera de las consecuencias de su pecado. Jesús tenía todo el derecho a lanzar la primera piedra, pero decidió usar el amor como arma.

Cuantas veces ante el pecado de otra persona los primero que hacemos en agacharnos a para lanzar piedras, ‘piedras de justicia’, nos repetimos muchas veces para que no parezca que estamos en un linchamiento, cuando estamos en un linchamiento. Jesús quitó el foco de atención del pecado de la mujer para ponerlo en el pecado de cada uno de los que allí estaban, hizo que los escribas y fariseos reflexionaran sobre su pecado al ver el pecado de otra persona.

Que cada vez que veamos el pecado de otra persona lo primero que hagamos sea reflexionar sobre nuestro pecado, y la misericordia que Dios mostró hacia nosotros, para que sea esa misericordia la que fluya y sea de bendición y restauración al que ha caído.

  “…mas la dádiva de Dios es vida eternaRo. 6:23

Oración y perdón.


Texto: Mr. 11:23-26.

Jesús comienza esta enseñanza con un ‘Porque de cierto os digo’ que es una traducción no del todo correcta de un ‘Amén os digo’. Este Amén es una palabra hebrea que se refiere en general a ideas de verdad y fidelidad. La palabra acompaña a declaraciones que afirman o confirman una verdad solemne, cada vez que un maestro o un rabino iba a dar una enseñanza solemne la empezaba con una ‘Amén os digo’. Con lo cual al escucharlo sus discípulos sabían que Jesús iba a dar un enseñanza. Jesús usa la metáfora de una montaña y el mar haciendo referencia a un nombre con que en aquella época se conocía a los rabinos y maestros más destacados, los ‘quita montañas’ haciendo referencia a la gran habilidad de estas personas para resolver problemas difíciles. Jesús está usando esta metáfora para explicar que cualquier problema, por difícil que sea pueda ser, con fe lo superaremos. Estos textos son fáciles de ser mal interpretados. Mucha gente los usa para casi decir que Dios es un esclavo nuestro que va a cumplir cualquier deseo que nos plazca, igual que el genio de la película Aladín. Pero  realmente estos son unos textos que nos traen ideas acerca de como de ser la oración.

     1. Una oración humilde y confiada: ‘Creed que lo recibiréis’ Muchas veces podemos caer en el error de orar repetidamente sólo por la costumbre de orar, pero habiendo perdido la esperanza de que nuestra petición se cumpla. Oramos por temas generales sin convicción. Aquí Jesús nos está pidiendo una oración responsable, ordenada pero siempre desde una humildad, sabiendo que no somos merecedores de nada sino que estamos pidiendo algo a un Dios que si nos lo concede es por pura misericordia, no porque lo merezcamos.

       2. Corazón y mente sinceros: Nuestra oración no deben ser vanas, como eran los de los fariseos ‘… que por su palabrería piensan que serán oídos…’ sino que es preferible que sean oraciones concretas sombre temas que tengamos en el corazón. Sinceridad también nos habla de no dejar de lado ningún tema que nos inquiete sino presentarlo ante Dios de corazón. No sólo orar por lo que politicamente correcto sino que nuestra oraciones deben incluir incluso temas difíciles, a veces bañadas por lágrimas, porque serán temas dolorosos o que nos superan. Pero sepamos que Dios busca corazones sinceros y no personas que le esconden ciertos temas porque les da miedo o vergüenza exponerlo en público.

       3. Voluntad de perdonar: La oración presupone un corazón que ama, centrado totalmente en Dios y en una de sus manifestaciones el amor hacia los demás. La persona que oran debe estar ansiosa y deseosa de perdonar y ser perdonado. La oración exitosa requiere tanto del perdón como de la fe. No podemos abrir nuestro corazón a Dios cuando existe un muro de falta de perdón a otra persona. Cuando tenemos un problema con otra personas, y aquí no solo sólo habla de cristianos habla de ‘alguno’, debemos dejar nuestra oración a un lado e ir a perdonar (que fácil es escribir o hablar de perdonar y que difícil es hacerlo). 

       4. Dios quiere que pidamos: Dios no quiere ser un ‘ente’ extraño en nuestra vida sino que quiere una relación directa con nosotros, continuamente en la Biblia se trata a Dios como un padre, porque busca ese tipo de relación con nosotros, quiere que le hablemos que le trasmitamos nuestras dudas, nuestras inquietudes, nuestros anhelos, y nuestras peticiones, él las cumplirá si es su voluntad. Dios sabe de antemano que necesitamos pero quiere escucharlo de nuestra boca.

Reguemos nuestra vida con oración, una oración sincera, una oración de perdón, una oración que pide con convicción. Una oración de comunicación con un Padre que nos ama y quiere escucharnos y bendecirnos.

La alabanza en la derrota.


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       Cuando hablamos de alabanza inmediatamente nos vienen imágenes felices o emotivas de buenos momentos que hemos pasado alabando a nuestro Dios tanto individualmente, en familia o como iglesia. La palabra alabanza nos hace pasear por otras como agradecimiento, honra, júbilo, amor e incluso fiesta.
       Es relativamente fácil elevar palabras de alabanza a Dios cuando tenemos motivos evidentes para ello, pero si la situación no fuera tan favorable para nosotros ¿seríamos capaces de alabar a Dios en nuestra derrota más humillante?

Todo el día tuercen mis palabras;
siempre están pensando hacerme mal.
Conspiran, se mantienen al acecho;
ansiosos por quitarme la vida,
vigilan todo lo que hago.
¡En tu enojo, Dios mío, humilla a esos pueblos!
¡De ningún modo los dejes escapar!
Toma en cuenta mis lamentos;
registra mi llanto en tu libro.
¿Acaso no lo tienes anotado?
Cuando yo te pida ayuda,
huirán mis enemigos.
Una cosa sé: ¡Dios está de mi parte!
10 Confío en Dios y alabo su palabra;
confío en el Señor y alabo su palabra;
11 confío en Dios y no siento miedo.
¿Qué puede hacerme un simple mortal?
Sal. 56

        El siervo de Dios siempre va a ser el objetivo de los ataque del enemigo de Dios. Pero sus pies no resbalan en pos de la lágrima fácil ni de lamerse las heridas. David podía levantarse y quejarse de su situación, él era el ungido de Dios, el elegido, el que decidió seguir la voluntad de Dios aunque fuera en contra de sus intereses personales. Pero a pesar de “haber cumplido” Dios lo pone en manos de sus enemigos. Y en esta situación es capaz de decir “Confío en el Señor y alabo su palabra…”.
        Alabar a Dios en mitad de la prueba nos habla de: 1. Humildad, de saber poner a Dios por encima de nosotros conociendo que todo lo que tenemos está es su mano, y no en la de los enemigos. 2. Confianza, de saber que Dios cuida de sus hijos y que todo lo que pase, sea bueno o malo está bajo su control. 3. Descanso, cuando pasamos momentos de dificultad podemos rompernos la cabeza día y noche pensando que hicimos mal, que podríamos haber hecho mejor, o simplemente preguntándonos ¿porqué?. Pero el que confía en Dios descansa en su voluntad porque sabe que él tiene el control. 4. Centrar nuestra vida en Dios, Él pasa a ser nuestra roca cuando todo se tambalea.

Yo reconozco mis transgresiones;
siempre tengo presente mi pecado.
Contra ti he pecado, sólo contra ti,
y he hecho lo que es malo ante tus ojos;
por eso, tu sentencia es justa,
y tu juicio, irreprochable.
Yo sé que soy malo de nacimiento;
pecador me concibió mi madre.
Yo sé que tú amas la verdad en lo íntimo;
en lo secreto me has enseñado sabiduría.
14 Dios mío, Dios de mi salvación,
líbrame de derramar sangre,
y mi lengua alabará tu justicia.
15 Abre, Señor, mis labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.
16 Tú no te deleitas en los sacrificios
ni te complacen los holocaustos;
de lo contrario, te los ofrecería.
17 El sacrificio que te agrada
es un espíritu quebrantado;
tú, oh Dios, no desprecias
al corazón quebrantado y arrepentido
Sal. 51

       Otro momento donde nos es complicado derramar nuestro corazón en alabanza es en la confesión de nuestro pecado. Muchas veces la vergüenza nos puede hacer rehuir el bochornoso momento de ponernos de rodillas y pedir perdón a Dios por nuestros errores. David no sólo había dejado embarazada a una mujer casada, sino que había intentado encubrirlo matando a su marido. David, cuando es descubierto, clama a Dios y lo alaba por Su justicia. Aquí vemos una alabanza que 1. Reconoce el error, no trata de excusarse sino que reconoce que se ha equivocado, Adán le echo la culpa a Eva, el pueblo de Israel le echaba la culpa a Moisés y Aaron de su situación en el desierto… pero el hijo de Dios reconoce su culpa y la admite. 2. Acepta el castigo de Dios como justo, en el caso de David fue la muerte de su hijo con Betsabé, cuando reconocemos que la justicia de Dios es irreprochable aceptamos el castigo de Dios como el correcto en nuestra vida. 3. Hay un corazón arrepentido, con un arrepentimiento verdadero y no sólo por cumplir o salir del paso.

Muchos son, Señor, mis enemigos;
muchos son los que se me oponen,
y muchos los que de mí aseguran:
«Dios no lo salvará.»Selah
Pero tú, Señor, me rodeas cual escudo;
tú eres mi gloria;
¡tú mantienes en alto mi cabeza!
Clamo al Señor a voz en cuello,
y desde su monte santo él me responde.
Sal. 3

       Seamos mujeres y hombres de alabanza, personas que ponen en alto en todo momento el nombre de Dios. Podemos estar siendo perseguidos por nuestros enemigos, pero clamemos a Dios por su cuidado infinito, por su protección y descanso. Quizás estamos huyendo de Él por un pecado que nos humilla y aleja, pero alabemos Su justicia y busquemos Su perdón.