No, no toda verdad es verdad de Dios pero sí toda la verdad de Dios es la verdad suprema y absoluta.

Dios es el único Dios verdadero (Jn. 17:3) eso quiere decir, en primer lugar, que no hay ninguna autoridad superior que Él y, en segundo lugar, que Dios es consecuente en sí mismo. Él es verdadero, está en armonía con lo que Él representa[1], mostrándose como verdaderamente es.

La consecuencia de que Dios sea veraz es que Él no puede hacer nada inconsecuente con su persona y por lo tanto su revelación tiene que ser verdadera. Sus palabras son verdad, no hay mentira en ellas (Tit. 1:2) y no contienen error (1 Jn 2:21). Sus promesas son inquebrantables (2 Cor. 1:20) y siempre se cumplen (Nm. 23:19). Así que podemos decir que la Palabra de Dios tiene los mismo atributos que Dios, es decir, es verdadera, infalible y autoritaria. Esta verdad de Dios no sólo es teórica sino que es práctica para la vida del hombre. El creyente que es obediente a esta verdad revelada por Dios se le señala como alguien que camina en la verdad (1 Jn. 1:6) llegando a usar la descripción “pertenecer a la verdad” como sinónimo de ser hijo de Dios (1 Jn. 3:19).

Por lo cual podemos decir que toda verdad revelada en la Palabra por Dios es la verdad suprema. Ahora bien, la Biblia no es un libro que contenga todos los temas de la realidad humana sino solo aquellos sobre los que Dios ha querido hablar. Aunque Dios se ha revelado de manera verdadera hay otras afirmaciones, que no estando dentro de la revelación de Dios, exigen ser verdades. Son ideas, aseveraciones y declaraciones que afirman ser indiscutibles en su campo. Cuando estas afirmaciones no contradicen la Palabra de Dios podemos aceptarlas de manera natural, por ejemplo, los descubrimientos científicos en materia de salud. ¿Pero qué hacer con todas las otras afirmaciones contrarias a la Palabra de Dios que exigen ser tenidas cómo verdad? ¿Podemos decir que toda verdad es verdad de Dios? Para poder responder a esta pregunta debemos entender el ser humano está totalmente corrompido por su naturaleza caída (Rom. 1:18-23) y por lo tanto no está capacitado para llegar a alcanzar la verdad de Dios sino que en su pecado la transgiversa convirtiéndola en mentira (Rom. 1:25). Cuando una afirmación humana dice ser verdad y a la vez contradice la Escritura debemos considerarla un fruto de la corrupción humana y por lo tanto mentira.

En contra de esta afirmación alguien podría decir que la verdad es externa, basada en las pruebas y razonamientos, no interna basada en las opiniones. Ante esto podemos argumentar que Dios no es un ser humano para le apliquemos los mismos criterios que a nosotros. Él es Verdad, y esta forma parte de su esencia por lo cual nada de lo que haga o diga puede ser contrario a la verdad y Él es la fuente suprema de la más pura verdad.

En conclusión, podemos decir que no todas las verdades que escuchamos son verdades de Dios. Cuando oímos ciertas cosas, incluso, de los llamados expertos, tenemos que entender que vivimos en un mundo caído y rebelde a Dios y su revelación. Además Dios, en su misericordia, nos ha dado la palabra más segura, la cual hacemos bien en usar como una antorcha que nos alumbra en un mundo de oscuridad (2 Pd. 1:19-21) y que nos permite discernir entre el espíritu de verdad y el de mentira (1 Jn. 4:6).


[1] Charles C. Ryrie, Teología básica (Miami, EEUU: Unilit, 1993), Pág. 50.

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