En el anterior artículo hablábamos de que uno de los debates que nos estamos centrando en las últimas semanas es cómo será el mundo después de que acabemos esta cuarentena que estamos viviendo. Cómo será esta vuelta a la normalidad o más bien como será la nueva normalidad. Todos damos por supuesto que no sólo la manera en que la sociedad se relaciona los unos con los otros va a cambiar sino que también cambiará la manera de pensar y los valores de muchas personas. Aquellas cosas a las cuales antes considerábamos importantes ahora no lo serán tanto. Cuando se produce una catástrofe este tipo los seres humanos cambiamos por las circunstancias y no siempre a mejor.

Estos choques ante terremotos tan fuertes cambian la apreciación de aquellos que valoramos importante. De aquello que esperamos alcanzar y que pensamos que nos va hacer felices.

Entonces empezamos a ver como Jesús llama a sus seguidores a una nueva manera de vivir. Aquellos que pertenecen al reino de Dios no deben buscar, anhelar o valorar aquellos atributos que describen al hombre exitoso de la sociedad sino que en el reino de Dios lo bienaventurados, los gozosos, los alegres o aquellos que les va bien son los que tienen una serie de características que el mundo no valora pero para Cristo son fundamentales.

Jesús inicia en Mateo 5 un discurso con los preciosos dichos que han llenado de consuelo y aliento a los angustiados a través de los siglos. El cual empieza con este enfático “Bienaventurados”. No se puede cuestionar el marcado énfasis de esta palabra que viendo sus usos en el A.T. como en el Sal. 32:1 podemos entender como un llamado a gozarse en Dios a través de una experiencia humana. En el salmo de David el bienaventurado era el que experimentaba su transgresión perdonada, su pecado cubierto. Aquí lo será el que en mitad de un mundo pecador que va en dirección opuesta decide actuar según los parámetros de un reino que no es de este mundo. El primer grupo bienaventurado son los pobres de espíritu que son todas aquellas personas que examinan su realidad reconocen su situación de necesidad espiritual. Se ven carentes de cualquier mérito personal, necesitados de rescate y totalmente dependientes de un Salvador que les provea lo necesario para si vida. El segundo grupo son los que lloran.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación. (v. 4): La segunda bienaventuranza es para los que lloran. El término “los que lloran” se refiere a los que se lamentan por algo, en este caso la causa de la tristeza es el pecado. Cuando los cristianos que amamos a Dios vemos el pecado que afrenta a nuestro Señor no podemos sentir otra cosa que rechazado, mal estar, indignación y también lágrimas.

La imagen que nos puede venir a la cabeza es la de Jesús limpiando el templo (Jn. 2:13-22). Él llega a la casa de su padre, que es casa de oración y se encuentra un mercado donde se abusaba de los peregrinos que en la pascua se acercaban a Jerusalén. Esto era permitido con la venia de los sacerdotes. Jesús entonces se enfada, se lamenta por la ofensa que es a Dios esa situación y actúa llevado por su lamento.

En muchas ocasiones los cristianos hoy en día vivimos anestesiados ante la cantidad de pecado que hay a nuestro alrededor. Parece que nos hemos acostumbrado a las continuas ofensas que el mundo hace a Dios. Pero como hijos de Dios debemos “llorar”, lamentarnos, rasgarnos las vestiduras cuando en nuestra vida o en la de los que nos rodean se produce aquello que ofende a nuestro Dios.

Estos son los que lloran, los que no son impasibles ante la maldad ni insensibles ante la ofensa a Dios. Y sólo a Dios. Filp. 1:15-18 nos muestra como cuando Pablo es atacado y la obra de Dios se lleva a delante, el evangelio es predicado a Pablo la situación no le duele sino que se goza en que el evangelio es predicado y da gloria a Dios por ello. En cambio cuando es la obra de Dios la que es atacada aquí cambia la cosa y podemos ver en libro como Gálatas como reacciona cuando los falsos maestros han entrado en la iglesia y están cambiando la doctrina “Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado” (Gá. 1:6).

La primera bienaventuranza estaba en presente, los pobres de espíritu ya pertenecen al reino de Dios esta segunda está en futuro porque los que lloran lo siguen haciendo en este momento pero no es una situación para siempre sino que son bienaventurados porque llegará un momento en que su clamor será consolado. Cuando Jesús vuelva nos promete que juzgará a todos (2 Ti. 4:1; Ro. 2:14-16). No hay nada que calme el lamento por una injusticia que la justicia. Cuando toda acción sea juzgada aquellos que lloran serán consolados.

En el reino de Dios es una virtud llorar y lamentarse por la ofensa del pecado, por vivir en una sociedad pecadora donde Dios es ofendido una y otra vez. Lloremos pero sepamos que somos bienaventurados porque un día nuestras lágrimas serán secadas.

Continuará…

4 comentarios en “UN MUNDO NUEVO II: Los que lloran.

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