El precio del servicio.


Empezamos esta serie hablando sobre el llamado que todos tenemos de colaborar en la obra de Dios en la vida de los que nos rodean. Seguimos viendo que vivimos en una sociedad que nos enseña a centrarnos en nosotros y en nuestras necesidades hasta el punto de olvidarnos del que tenemos a nuestro lado. Pero para superar esa barrera es necesario estar dispuesto a hacer un sacrificio, a pagar un precio.

El precio para cada uno puede ser distinto. El precio para Clara, que es está yendo al cine con su amiga Sara, para sacarla un poco de casa después de la muerte de su madre, es 56a3fa1834da6_puzzle-226743_640renunciar a horas de estudio que necesita para las últimas asignaturas de su carrera. El precio que unos padres pagan para que sus dos hijos puedan estudiar la carrera que desean es hacer más horas extras en sus trabajos y pasar menos tiempo juntos. El precio que Jorge paga es robarle horas al sueño después de salir de trabajar para preparar los estudios que le da al pequeño grupo de jóvenes los viernes a la noche. No existe bendición sin sacrificio.

Si alguien quiere venir en pos de mí niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” Lc. 9:23

Jesús está hablando de su muerte y de que le es necesario pasar por ella y nos quiere enseñar que no hay nada más valioso para un siervo de Dios que cumplir con su mandato, aunque esto le lleve incluso a morir. La imagen que Jesús emplea aquí para ilustrar el acto de obedecerle y seguir sus mandamientos es la relación Maestro/Discípulo, muchos discípulos de Jesús le seguían literalmente tras él a lo largo de su ministerio. Ninguno lo hacía obligado, algunos por interés, pero a lo largo del ministerio de Jesús va dejando claro quienes lo seguían de una manera sincera y quienes no. Realmente lo que diferencia a uno y otro es lo que están dispuestos a dejar atrás, a renunciar. Porque para que puedan ser útiles, en las manos de Dios, para su obra van a tener que pagar un precio.

Esta es una idea que recorre la Biblia, la necesidad de que el siervo se sacrifique para que otra persona sea bendecida, lo vemos en una niña, sierva de Naamán (2 R. 5:1-5), que renuncia a ver morir al hombre que la ha esclavizado y decide enviarle a un profeta que puede salvarla, esta niña no salva la vida de su señor, pero si se va a convertir en vehículo de esta salvación de Dios a través de un consejo.

Vemos esta actitud en José (Gn. 45:4-8), el cual renuncia a ser vengativo con los hermanos que años antes lo vendieron como esclavo y engañaron a su padre para que pensaba que estaba muerto. José renuncia a su derecho a vengarse a favor de ser vehículo de la salvación de Dios en su familia.

Cuando cogemos esta idea y la transportamos a nuestro 2016 no nos es difícil ver esa negación en muchas de las personas que han trabajado en nuestras vidas, desde nuestros padres, pastores, maestros o simplemente hermanos que sin saberlo han sido buenos ejemplos. De la misma forma tenemos que saber que si queremos ser colaboradores de Dios en su obra, en medio de la generación que nos ha tocado vivir, vamos a tener que pagar un precio, que en el menor de los casos será sólo tiempo y algo de esfuerzo, pero que en ocasiones nos llevará a tener ganas de tirar la toalla.

Entonces ¿cuál es mi cruz? quizás la tuya sea ser el único miembro de tu familia que confía en Cristo y debes aguantar el menosprecio o directamente la oposición en favor de ser luz en esa familia. Quizás eres profesor/a de una escuela dominical donde los padres ni se preocupan de llevar a los niños a ella, no dándose cuenta de lo fundamental de enseñarles la Biblia a esa edad. Tu cruz es perseverar y no caer en la misma desidia que el resto y así ser vehículo de la bendición de Dios en la vida de esos niños. Quizás tu cruz es que se burlen en clase de ti por pensar que existe un único Dios y declararte su discípulo, que la sexualidad es algo que se debe vivir dentro del matrimonio o que abortar es matar un ser humano. Nunca olvides que tu eres, quizás, la única Biblia que algunos de ellos leerán.

Ser colabores de Dios en su obra tiene un precio que tenemos que estar dispuestos a pagar pero que queda reducido a nada cuando lo comparamos con el increíble valor de la bendición de Dios en la vida de los que nos rodean.

A todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos. Y esto hago por causa del evangelio, para hacerme copartícipe de él.”  1 Cor. 9:23-24

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