Después de la llamada de Norman Foster, de la que os hablé en el artículo anterior, repasé los emails que me había enviado. Había un poco de todo, de su biografía, de su época universitaria en Manchester, de cómo fundó Team 4, o sobre sus primeros edificios. Pero de todos ellos hubo uno que me llamó la atención. Realmente sólo fue una frase al final de uno de los últimos que me recibí, donde explicaba que antes de construir cada edificio necesitaba estudiar a las personas que iban a utilizarlo, ponerse en su lugar, en resumen adelantarse a sus necesidades y diseñar pensando en ellos, aunque esto le implicase renunciar a alguna de sus ideas iniciales. Me acababa diciendo que para colaborar en una obra como aquella tenía que cambiar mi punto de vista.

Todo cambio implica hacer algo que antes no se hacía. Una de las cosas más necesitamos si queremos convertirnos en colaboradores de la obra de Dios es hacer un cambio de mentalidad, del lugar donde enfocamos nuestra vida.

Vivimos en una sociedad que nos enseña a centrarnos en nosotros y en nuestras necesidades hasta el punto de olvidarnos del que tenemos a nuestro lado. Ante lo cual reaccionamos convirtiéndonos en 56637597e929e_smartphone-407108_640consumidores de todo lo que es ofertado delante nuestra. No tenemos más que sentarnos, abrir nuestros sentidos y probar aquello que nos ha sido vendido. En resumen somos consumidores.

Tengo la sensación que muchos jóvenes se acercan a sus iglesias locales con esta misma actitud. Consumen iglesia de la misma forma que se consume cine, videojuegos o música, siendo meros espectadores-clientes de algo que es puesto delante de ellos, sin que tengan nada más que hacer que fijar los ojos y algo de atención. Valorando lo que se hace bajo el mismo criterio que las clases del instituto. Sin ninguna conexión con el ente vivo que se supone que tiene que ser la iglesia. Si las actividades de la iglesia gustan, asisten, si no gustan, no. Así que el abanico de reuniones, cultos, células, grupos pequeños, congresos, retiros campamentos y demás etc… se han convertido en una selección ante las cuales sólo asistiré a aquellas que me satisfagan. Ante el resto pondré una excusa, cuando no meramente una mueca.

Es muy fácil sacar balones fuera de las congregaciones y echarles la culpa a los chavales o a ese saco de excusas que llamamos el mundo. Pero me pregunto si este no ha sido un comportamiento que se ha alentado desde la propia iglesia, porque realmente es mucho más fácil dar a una persona, sobre todo a un joven, lo que quiere en vez de lo que necesita. Así que intentamos competir contra toda esa sociedad de entretenimiento con más entretenimiento ¿y sabéis? nosotros no molamos tanto, no. Musicalmente no somos tan buenos, nuestras reuniones de jóvenes no son mejores que las buenas fiestas a las que cualquier joven accede pagando 5€ de entrada en una discoteca, decir que vas a la iglesia nunca despertará la admiración del grupo de amigos de clase ni el lunes a primera hora te preguntarán que tal la resaca post-culto. ¡Pero es que tampoco lo necesitamos!.

No necesitamos competir con nada porque la Iglesia tiene algo único que puede llenar la vida de esos jóvenes y eso es Cristo y su obra. Nada de lo que existe fuera de Dios puede satisfacer, enriquecer, y dar sentido a la vida de una persona como Él lo hace. Ni ninguna otra relación entre personas de distintos lugares, razas, ideologías y edades puede compararse a lo que la Iglesia de Cristo significa.

Hasta aquí lo fácil, señalar lo que va mal. Ahora viene lo difícil ¿Cómo lo hacemos?. Para suerte de los cristianos Dios nos ha dejado un manual de cómo debemos vivir la vida, así que tiremos de él.

Mr. 6:34Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas.” Jesús está en pleno apogeo de su ministerio, la gente se agolpa y persigue para escucharlo. Además los 12 habían venido de su misión (Mr. 6:7-13) y Jesús decide apartarse de las multitudes e ir a descansar con sus discípulos. Pero no puede, literalmente lo persiguen, de la misma manera que a una estrella de rock, la gente se agolpa, acosa, grita, ¡tan sólo para poder verle y oírle! ante esto Jesús podría haberse centrado en él y decir “Eh! ya está bien, tengo derecho a mi intimidad y disfrutar de mi vida, que tengo 30 años, dejadme con mis amigos”, pero lo que salió de su corazón no fue un sentimiento hacia él mismo sino hacia aquellas personas “tuvo compasión de ellas”. Su compasión no se quedó en un sentimiento interno sino que se remangó y se puso a trabajar en la vida de esas personas “comenzó a enseñarles muchas cosas”, se dio cuenta de lo que necesitaba ser construido en aquellas vidas, cogió los planos de su padre y edificó. Esto ocurrió hasta que se hizo tarde y antes de que se fueran volvió a pensar en ellos, les alimentó físicamente (v. 41). La pregunta surge ¿Quién pensó en Jesús? la respuesta es sencilla, nadie. Ni él mismo, pensó en los demás, en lo que necesitaban, no en lo que querían y colaboró con su padre para dárselo.

Este es el cambio de mentalidad que necesitamos, dejar de ver la iglesia como un lugar donde ir y empezar a pensar en ella como un lugar donde ser servidos y servir, donde crecer y ayudar a crecer a otros bajo los planos de un Dios que nos permite ser colaboradores en su obra, su edificio.

Dios va a repetir hasta 40 veces en el N.T. lo que quiere para su pueblo y lo hace a través de una frase “los unos a los otros”. La iglesia es el lugar donde necesito amar y ser amado (Jn. 13:34), edificar y ser edificado (Ro. 14:19), confortar y ser confortado (1 Ts. 4:18), orar por otro y que oren por mí (Stg. 5:16), llevar las cargas de otros y que me ayuden a llevar las mías (Gá. 6:2), aceptar y ser aceptado (Ro. 15:7). Para colaborar en la obra del mejor arquitecto necesitas dejar de pensar en ti y empezar a pensar en las necesidades de los que necesitan ser edificados.

¿Estás dispuesto a dejar de consumir iglesia y empezar a colaborar en la edificación?  

2 comentarios en “¿Consumidores o colaboradores?

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