Soledad


Quinto y último artículo de la serie sobre la amistad y las relaciones en la adolescencia que he escrito para Protestante Digital podéis seguir la serie aquí.

Empezamos esta serie con cuatro artículos sobre la importancia de la amistad, así como la necesidad de cuidar de nuestras relaciones. Porque aquello que no cuidamos acabará muriendo. Eran artículos que giraban bajo la premisa de la existencia de la amistad. Este último artículo gira bajo otra premisa distinta, bajo una opción temida, la no existencia de la amistad.

Quizás sea porque nos hemos mudado con una nueva ciudad o que por circunstancias de la vida en este momento no tengamos ninguna relación que merezca el nombre de amistad. Es una opción no buscada pero que puede ser real en un mundo donde la conexión entre las personas ha sido elevada exponencial mente con las redes sociales. Pero a pesar de que estas nos den la sensación de que mantenemos contacto con más gente la verdad es que las amistades verdaderas siguen siendo las mismas. Las redes sociales nos hacen conocer más la vida de las personas, pero no realmente conocer a las personas detrás de esa vida.

Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron.” Mt. 26:56

Estando entre nosotros Jesús tuvo que soportar el rechazo y el abandono de múltiples formas: la incomprensión de su familia (Mr. 3:21), acusaciones falsas (Lc. 23:5) e intentos de asesinato (Lc. 4:29). Pero uno de los más recordados y que probablemente ha marcado más la vida de los 12 fue la soledad con que Jesús tuvo que enfrentar la cruz. Hacía pocas horas once aguerridos y fanfarrones hombres prometieron, bajo la voz de Pedro, ir hasta la muerte por defender a Jesús, pero cuando llega la hora de la verdad huyen. Mateo enfatiza el drama con un “dejándole” que suena a soledad absoluta.

Cuando nos sentimos solos podemos caer en el error de sentirnos fracasados. Porque vivimos en una sociedad donde lo que nos define son elementos externos, en este caso el éxito social, el ser atractivo para los que nos rodean. Ser seguido. Guiándonos por este canon en el camino a la cruz lo que vemos a un fracasado, que anunciaba un reino y que acabará siendo ejecutado, un perdedor que salvó a muchos pero que nadie está a su lado cuando llega el momento del sufrimiento.

Pero el éxito de Jesús no está en el concepto que los demás tenían de él, sino en un elemento interno. “estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruzFil. 2:8 el triunfo de Jesús fue algo interno, obediencia a su Padre. Porque lo que le definía era la relación con su Padre. A lo largo de su ministerio lo recalca en muchas ocasiones que el viene a obedecer y dar gloria a su Padre, que está dispuesto a tomar la copa si es la voluntad de su Padre.

De la misma forma lo que nos define a los hijos de Dios no son elementos externos como el número de amigos o lo importante que seamos entre ellos, sino nuestra relación con nuestro Padre.

Podemos pensar que esto suena “muy espiritual” pero que esta totalmente alejado de una realidad donde nos encontramos solos y los que considerábamos nuestros amigos no se interesan por nosotros. Una realidad donde los fines de semana nos lo pasamos en casa porque no tenemos ninguna relación con nadie fuera de las que establecemos en el instituto, universidad o trabajo en horario laboral. Pero es muy importante que tengamos claro que lo que valemos o lo que somos no está definido por las circunstancias que estemos pasando en ese momento sino en el valor que Dios nos da.

Aunque mi padre y mi madre me dejaran. Con todo, Jehová me recogerá.” Sal. 27:10

Nuestro Padre es un progenitor protector y cuidadoso que tiene el control de todas las cosas de la vida de sus hijos. Dios sabe la importancia de la amistad y de las relaciones por eso nos creo seres sociales y relacionales. Pero por encima de todo tiene un plan soberano en nuestra vida que debemos cumplir.

Por eso incluso en los momento de mayor soledad cuando nos sentimos y perdidos podemos ver hacia fuera y no ver a nadie a nuestro lado, quizás como el hombre con la corona de espinas vemos huir a los que hace poco nos prometían amistad eterna o podemos ver hacia dentro y oír las palabras que nuestro Padre nos dice.

Ahora, así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel: No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú.” Is. 43:1

Porque nuestro Padre es quién nos define.

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