Amistad.


Segundo artículo de la serie sobre la amistad y las relaciones en la adolescencia que he escrito para Protestante Digital podéis seguir la serie aquí.

Las amistades nacen por la casualidad, quizás por nacer en la misma familia, quizás por compartir un hobbie, un campamento, una misma clase durante un curso. Son circunstancias que se nos escapan y que hacen que conozcamos a personas concretas en un mundo inundado de personas anónimas. Pero aunque el nacimiento sea fortuito su crecimiento y desarrollo son algo en lo que nos debemos esforzar.

Vivimos en una sociedad que no espera, donde todo lo que queremos lo queremos ya hecho, solemos querer la meta acortando lo máximo posible el camino como si fuera un lastre que nos hiciera llegar tarde a nuestro objetivo. Queremos comida sin tener que prepararla, queremos estar delgados en diez días, queremos conocer una pareja para toda la vida a través de un portal de internet que nos seleccione las que se ajusten a nuestro perfil. Pero cualquiera de estos objetivos, más bien diríamos que cualquier meta es imposible sin un camino que nos lleve a ella y aprender la importancia del camino nos hará llegar a metas que realmente valgan la pena.

La amistad es una meta que todos buscamos alcanzar, sobre todo en la juventud los amigos juegan un papel trascendental en nuestra percepción del mundo. Son agentes de experimentación, donde aprendemos a relacionarnos fuera de nuestro círculo familiar, con ellos aprendemos a ser independientes y sociables. Su falta es una señal de que algo no funciona en la vida de una persona. Pero como veíamos la semana pasada, las relaciones son algo vivo y la amistad es algo que necesitamos cuidar para que de fruto.

 “Dijo David: ¿Ha quedado alguno de la casa de Saúl, a quien haga yo misericordia por amor de Jonatán?

(2 S. 9:1)

             David y Jonatán se nos muestra como el sempiterno ejemplo de la amistad en la Biblia. Una amistad que perdura por encima de la muerte de estos. David y Jonatán se conocen por casualidad, porque Saúl no quiere dejar ir a casa a ese héroe nacional en que se ha convertido David tras matar a Goliat (1 S. 18). Pero no fue una amistad fácil, pocas lo son cuando te quiere matar el padre de tu amigo. Estos dos guerreros supieron esforzarse por tener una relación de amistad sana que fuera de bendición para los dos por encima de un rey esquizofrénico. Su historia nos enseña algunos principios que nos pueden ayudar a fortalecer nuestra amistad.

  1. No esconder los sentimientos (1 S. 18:3): Se aman y lo comparten mutuamente. Este texto no quiere mostrar otra cosa que un amor fraternal más propio de hermanos que de amigos. No se puede amar en secreto y si queremos que una relación de amistad sincera dure no debemos avergonzarnos de decir de vez en cuando que queremos a nuestros amigos. Vivimos en una sociedad donde el amor está sobresexualizado y parece que único tipo de amor que se puede dar es el de la familia y la pareja, no hay hueco para otro tipo de amor. Pero no tendremos amistades sinceras sin un amor que se muestra.
  2. Pensar en el otro antes que en uno mismo (1 S. 19:4-5): Los celos llevan a Saúl a querer matar a David. Jonatán está entre la espada y la pared, entre ponerse del lado de su padre y rey de Israel o la de su amigo. En este momento trascendental el pensar en uno mismo podría hacer que Jonatán se pusiera del lado de su padre, en el fondo matar a David le asentaría a él como futuro rey de Israel, a Jonatán le convenía. Pero ante la injustificada persecución de su Padre Jonatán no se esconde sino que defiende en lo que puede a su amigo. Una amistad sana se muestra en el amor cristiano, anteponer las necesidades de otros antes que las nuestras.
  3. Llorar juntos (1 S. 20:41): No es el echo de llorar lo que importa sino lo dispuesto que están a abrir sus corazones para que salga lo que en ellos hay. David y Jonatán no tenían una relación banal donde hablaban sobre los últimos cotilleos del reino, sino que tenían una relación sincera y madura donde dos hombres adultos podía abrir su corazón hasta llorar cuando lo necesitan. La superficialidad no es más que una carcasa, una capa externa que nos permite defendernos de que los demás vean nuestra verdadera realidad. La verdadera amistad no se esconde detrás de una imagen de cómo queremos que nos vean sino que muestra lo que verdaderamente somos, porque sabe que se abre ante una persona que nos ama y que nos cuidará.
  4. Una amistad que no se olvida (2 Sam. 9:1): Jonatán muere en Gilboa con su familia, pero su amistad vive con David y cuando éste logra asentarse en el trono hace memoria de su amigo e intenta ayudar a uno de sus hijos. No es la necesidad de Mefi-boset, ni el gusto por hacer un bien a un necesitado sino el amor por su amigo. Puede que su relación personal ya no exista, pero su amor por él vive por encima de que puedan estar juntos o no.

La amistad de David y Jonatán brilla en la Biblia como una de las historias más bonitas. Su belleza no radica en la facilidad o la falta de problemas sino en como dos aguerridos guerreros fueron capaces de mantener una amistad fiel en mitad de cualquier dificultad.

David y Jonatán es el ejemplo de cómo mantener viva una amistad a pesar de la más oscura de las tormentas.

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