Maestro.


Durante su ministerio Jesús fue nombrado con varios títulos desde Hijo de hombre, hasta otros como buen pastor. Pero uno de los que más le marcaron, o por lo menos uno de los cuales la gente más reconoció fue el de maestro. Rabí. Porque como nos dice los evangelios, la gente notaba que Jesús enseñaba como quién tenía autoridad y no como los escribas. La pasión de Jesús por enseñar fue una de las principales características de su ministerio, pasaba tiempo enseñando a las multitudes, corrigiendo a los fariseos y escribas (corregir es otra forma de enseñar, aunque no tan agradable) y discipulando a los discípulos.

Jesús tenía una forma propia de enseñar que lo hacía diferente del resto de maestros que escuchaba el pueblo, entre sus características vemos que empleaba parábolas o pequeñas historias con una aplicación, para explicar algún concepto abstracto que era mucho más fácil entenderlo dentro de un contexto.

Vamos a ver tres de ellas.

El tesoro escondido (Mt. 13:44): Esta parábola nos habla del valor que debería tener el reino de Dios, o las cosas de Dios para nosotros su pueblo, el personaje de esta parábola encontramos a un hombre que está buscando algo, porque no se halla en su propio terreno sino en el de otra persona. Tenemos al reino de Dios que es comparado con un tesoro. Esta persona, que lo encuentra, se da cuenta de su valor, porque inmediatamente, sin pensárselo dos veces, vende todo lo que tiene y compra el terreno. Curiosamente, el texto que apenas son un par de versículos, sí nos dice que estaba gozoso, porque sabía lo que estaba comprando.

La primera pregunta que quiero hacerme es ¿Cuanto vale para mi el reino de Dios?  ¿a que estoy dispuesto a renunciar por apropiarme de él? ¿Qué estoy dispuesto a sacrificar?. Nosotros tenemos la suerte de vivir en un país libre en el cuál podemos profesar nuestra fe y quizás no tenemos esa idea de que decir que somos cristianos significa renunciar a algo, como en otros lugares. Pero amar las cosas de Dios nos lleva por un lado a renunciar a decir, o hacer cosas, por nuestro testimonio. Nos lleva a renunciar a tiempo libre por hacer ministerios que bendigan a otras personas. Nos lleva a renunciar a alguna hora de sueño para apartar tiempo para leer la Biblia, estudiarla y orar.  Nos lleva a renunciar al día de descanso para poder ir a reunirme con mis hermanos.

Los dos cimientos (Mt. 7:24-27): Aquí Jesús usa esta parábola para comparar a dos tipos de personas: las oidoras y hacedoras, y las oidoras pero no hacedoras de la Palabra de Dios.

Los hacedores son hombres prudentes que construyen su casa sobre la roca. La roca es el lugar donde Dios nos asienta, (Sal. 40:1-2) cuando estábamos en el lodo cenagoso, las arenas movedizas, el lugar donde por mucho que nos esforzamos lo único que logramos es hundirnos mas. Esta roca nos habla acerca de la seguridad, de la base, del los cimientos. Estos cimientos no son destruidos por las pruebas, aquí representado por la lluvia y los vientos, sino que sostienen la casa. Al contrario le pasa al que pone su base en la arena.

La segunda pregunta que surge es ¿cuales son mis cimientos?, ¿Soy oidor y hacedor o sólo oidor? escuchar la Palabra de Dios sin ponerla en acción no sirve absolutamente para nada, aprendernos textos de memoria que luego no ponemos en práctica no sirve para nada, el cristianismo no se queda en un esfuerzo intelectual sino que tiene que llenar cada parte de mi vida y mis acciones. Esta gente que tiene sus fundamentos en la arena, realmente piensan que están seguros, porque conocen los mandamientos de Dios, aunque no los practiquen, por eso construyen una casa, lo más importante, una vida. Pero vemos que cuando llega la prueba llega la destrucción. Debemos poner en práctica la Palabra, de nada nos vale saber que debemos amarnos los unos a los otros, si cuando llega el momento no puedo ni ver a mi hermano en la iglesia, de nada vale saber que la iglesia debe ayudar a los más necesitados si no lo hacemos, de nada vale saber que debemos enseñar toda la palabra de Dios, si a la hora de la verdad no lo ponemos en práctica. Porque llegará la prueba y dejará al descubierto lo realmente había en nuestra vida, una base de arena.

Las diez minas (Lc. 19:11-26): Aquí Jesús usa la parábola sobre nuestra responsabilidad sobre las cosas de Dios. Para empezar hay que resaltar la habilidad de Jesús para usar una base real en sus parábolas que lograba enganchar a la gente. En aquella época los gobernadores sobre las provincias romanas, como Judea, tenían que ir a Roma a ser reconocidos oficialmente y tomar el reino. Además en esta parábola hay una delegación que se opone al rey, esto había ocurrido recientemente con Arquelao hijo de Herodes, una delegación de judíos había ido a Roma a oponerse a su designación como gobernador, pero fracasaron. Estos detalles hacen que la gente se enganche a la historia porque la ven muy cercana.

Volviendo a la parábola vemos que hay tres siervos y a cada uno les da diez minas que era una unidad monetaria griega que equivaldría al salario de tres meses. Y les dice negociad con ellos. De la misma forma Dios nos provee de manera colectiva y de manera individual de capacidades o dones que sirven para bendecir a otros, a cada uno de manera especial y diferente. Nos la da para que las usemos, pero con una condición, todos vamos a tener que rendir cuentas delante de Dios por lo que hemos hecho con lo que Él nos ha dado. Y esta no es una balanza entre lo que está bien y lo que está mal. Sino que es un rendir cuentas ante el Dios que nos hay provistos de elementos para ser de bendición a otras personas.

La tercera pregunta que podemos hacernos es ¿que hago con lo que Dios me da? y lo que Dios me da no solo es en lo económico, sino con cosas que valen mucho más, como el tiempo, como la familia, como la iglesia. Todos tenemos la responsabilidad de colaborar en alguna medida en el reino de Dios, esto no implica únicamente la iglesia local. Tenemos que saber que como hijos de Dios debemos ser embajadores de Dios. Dios nos pone en un contexto único y diferente a cada uno para que seamos luz en ese contexto. Dios nos da una familia a cada uno para que seamos responsables en ella, cada uno a su medida. La Biblia también nos anima a congregarnos a estar en una iglesia local donde debemos ser responsables y participar de algún modo. Este tema es muy personal y queda entre la persona y Dios, porque cada uno de nosotros sabe cuanto de nuestro tiempo, esfuerzo y ganas podemos dar. Nadie puede venir y decirnos que debemos hacer más o debemos hacer menos, porque sólo nosotros sabemos cuantas minas nos ha dado Dios y sólo nosotros vamos a responder ante Dios por lo que hemos hecho con ellas.  Ro. 14:10-12 dice “Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo. Porque escrito está: Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla, Y toda lengua confesará a Dios.De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí.”

De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí” o sea que daremos cuenta a Dios por las cosas que hemos hecho y por las que dejamos de hacer, por los pensamientos que han pasado por nuestra cabeza y por las palabras que hemos dicho.

Reflexionemos en nuestra vida, sobre el valor que le damos al reino de Dios, a las cosas de Dios. Reflexionemos sobre nuestros cimientos, donde están asentados nuestros pies, ¿es hora de pedir a Dios que nos asiente en una roca?, porque es únicamente sobre la roca donde podremos estar seguros, donde podremos construir algo sin que se venga abajo en el tiempo de la prueba. Reflexionemos sobre nuestra mayordomía sobre lo que Dios nos ha dado, sobre nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, nuestras ganas, nuestro testimonio, nuestra iglesia, sabiendo que un día daremos cuentas delante de Dios por nuestra vida, y aquí no valdrán las excusas, seremos los únicos responsables por nuestros actos.

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