¿Un Dios bueno?


Una de las cosas que más temen los políticos son los micrófonos abiertos, esos que te graban diciendo un comentario que, muchas veces fuera de contexto, deja quedar mal a la persona que lo dice y que provoca una rápida cascada de comentarios, opiniones y rectificaciones. Esta semana fue Esperanza Aguirre quien afirmó sobre los arquitectos “que habría que matarlos por sus crímenes” evidentemente por sus crímenes se refería a las supuestas aberraciones arquitectónicas en edificios públicos, pero sus palabras, provenientes por la presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid, hicieron correr ríos de tinta, sobre todo electrónica.

Esto ocurre cuando vemos expresiones, palabras, acciones o opiniones que no nos cuadran con nuestra concepción de como debe ser “esa” persona.

Con Dios pasa algo parecido, quizás sea porque esperamos que todos cumplan con nuestra concepción buenísta de la realidad, o porque nos resulta difícil pensar que un Dios que nos ha dado tanto pueda hacer o decir ciertas cosas que no nos cuadran en la personalidad de alguien que destila bondad y pide ser como Él.

 

    ” 23 »¿Cómo puedes decir:
“No me he contaminado,
ni me he ido tras los baales”?
¡Considera tu conducta en el valle!
¡Reconoce lo que has hecho!
¡Camella ligera de cascos,
que no puedes quedarte quieta!
24 ¡Asna salvaje que tiras al monte!
Cuando ardes en deseos, olfateas el viento;
cuando estás en celo, no hay quien te detenga.
Ningún macho que te busque tiene que fatigarse:
cuando estás en celo, fácilmente te encuentra.”

Jer. 2:23-24

       Algo que llama la atención de Dios, y debemos considerarlo una virtud, es su claridad absoluta con todo lo que hace su pueblo. No existen medias tintas con él. Cuando Israel y Judá, ya con el reino dividido, se apartaron de Dios y se fueron a adorar a otros dioses, como Baal o Asera, Dios no se corta un pelo a decirles que sienten que le han sido infieles y no solo eso sino que compara su actuación con la de una persona sin criterio que se deja llevar por los impulsos, alocadamente, para irse detrás del primer dios que le pasa por delante.

Podemos decir muchas cosas de Dios, pero lo que nunca podemos decir es que sea un Dios tolerante con el pecado, más bien es discriminatorio con él.

 —Ananías —le dijo Pedro—, ¿cómo es posible que Satanás haya llenado tu corazón para que le mintieras al Espíritu Santo y te quedaras con parte del dinero que recibiste por el terreno? ¿Acaso no era tuyo antes de venderlo? Y una vez vendido, ¿no estaba el dinero en tu poder? ¿Cómo se te ocurrió hacer esto? ¡No has mentido a los hombres sino a Dios!

Al oír estas palabras, Ananías cayó muerto. Y un gran temor se apoderó de todos los que se enteraron de lo sucedido.” Hc. 5:3-5

Ananías quiso quedar bien delante de los apóstoles y a parte quedarse con parte del dinero que iba a donar, ante este pecado, el castigo fue directo, la muerte. Muchas veces los cristianos coqueteamos con el pecado como el niño que hace malabarismos con fuego. ¿Realmente sabemos lo que significa el pecado? ¿Realmente conocemos las consecuencias de obrar mal?. Quizás por que tenemos el colchón de “Dios me perdona” vivimos vidas donde parece que nos creemos inmunes al pecado. El pecado siempre tiene consecuencias, cuando obramos mal alguien sufre, bien sea yo o la persona que sufre las consecuencias de mi pecados, y por encima de todo Cristo sufrió por nuestro pecado, no solo el concepto sino cada pecado que hemos cometido individualmente.

Pero de la misma forma que aborrece al pecado Dios ama a los que le buscan. Debemos dejar de vivir vidas mediocres coqueteando con el pecado como si no fuera a pasarnos nada. Dios no soporta el pecado y no se cortará a la hora de disciplinar a sus hijos si estos se desvían, no se callará cuando sus hijos estén yendo por caminos que nos son los suyos, pero tampoco se esconderá de los que verdaderamente le buscan, si no que los amará.

A los que me aman, les correspondo;
a los que me buscan, me doy a conocer.
” Prv. 8:17

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