Jeremías, mi héroe


Existen muchos tipos de héroes, desde la idílico y moral Capitán América hasta otros más humanos y graciosos como nuestro Super Lopez.

La gente los necesita, los busca, los crea. Bien sea como ejemplo a seguir, o por identificación personal la sociedad siempre ha puesto en un pedestal a personas que encarnaban todo aquello que la gente buscaba o deseaba para su vida. No siempre son personajes imaginarios, a veces pueden ser deportistas, líderes revolucionarios, políticos o pensadores.

En el día de hoy me gustaría hablar de uno de mis héroes, Jeremías.

«Antes de formarte en el vientre,
ya te había elegido;
antes de que nacieras,
ya te había apartado;
te había nombrado profeta para las naciones.» Jr. 1:5
 
 

Como buen héroe Jeremías era un elegido, incluso antes de nacer, Dios ya le había dado el cargo de profeta. Su vida giró en torno a este llamado que tenía que cumplir. Podemos pensar que ser llamado para algo antes de nacer aclara mucho el camino, sobre todo a la hora de saber cual es el propósito de nuestra vida, pero a lo largo de la Biblia encontramos varios casos de “elegidos antes de nacer” y alguno de ellos a pesar de tener un camino marcado acabó en la cuneta, como el caso de Sansóm.

“Cuando el sacerdote Pasur hijo de Imer, que era el oficial principal de la casa del Señor, oyó lo que Jeremías profetizaba, mandó que golpearan al profeta Jeremías y que lo colocaran en el cepo ubicado en la puerta alta de Benjamín, junto a la casa del Señor” Jr. 20:1-2

A pesar de hablar palabras directas de Dios, Jeremías fue rechazado por el pueblo hebreo, hasta el punto de reaccionar violentamente contra él. Pero el pueblo llano no fue el único que le volvió la espalda sino que hasta el propio sacerdote, el que se suponía líder espiritual del pueblo mandó que lo azotaran y luego lo pusieran en un cepo al lado del templo a modo de ejemplo para el resto de la sociedad.

El hombre que debía hablar palabras que despertaran al pueblo de anemia espiritual era puesto como ejemplo público de lo que le ocurría a la gente que iba contra los sacerdotes. El héroe elegido era ninguneado por todos y su mensaje se perdía en los oídos sordos de una sociedad que no quería oirle.

¡Me sedujiste, Señor,
y yo me dejé seducir!
Fuiste más fuerte que yo,
y me venciste.
Todo el mundo se burla de mí;
se ríen de mí todo el tiempo.
Cada vez que hablo, es para gritar:
«¡Violencia! ¡Violencia!»
Por eso la palabra del Señor
no deja de ser para mí
un oprobio y una burla.
Si digo: «No me acordaré más de él,
ni hablaré más en su nombre»,
entonces su palabra en mi interior
se vuelve un fuego ardiente
que me cala hasta los huesos.
He hecho todo lo posible por contenerla,
pero ya no puedo más.
[…]
11 Pero el Señor está conmigo
como un guerrero poderoso;
por eso los que me persiguen
caerán y no podrán prevalecer,
fracasarán y quedarán avergonzados.
Eterna será su deshonra;
jamás será olvidada.
12 Tú, Señor Todopoderoso,
que examinas al justo,
que sondeas el corazón y la mente,
hazme ver tu venganza sobre ellos,
pues a ti he encomendado mi causa
Jr. 20:7-9
 

       La fuerza de Jeremías no venía de ningún accidente nuclear, ni de una fortuna heredada que pudiera usar para combatir el crimen, sino de un Dios, que le acompañaba de día y de noche, y que le pidió una vida de persecución, tortura, y afrentas con una única misión, ser su profeta.

Mi héroe es Jeremías, porque cuando paso una prueba en la vida no puedo dejarme de imaginar lo que tuvo que sufrir y cuanta vergüenza pasar puesto en el cepo, con la única acusación de haber dicho la verdad. Mi héroe es Jeremías porque cuando me quejo del trabajo en la obra de Dios, pienso en lo que le costó a él hacer su cometido, pienso en nuestras iglesias y veo que hoy en día seguimos ignorando y maltratando a otros Jeremías que intentan hacernos despertar de la anemia espiritual en que vivimos. Mi héroe es Jeremías porque cuando me siento lejos de Dios puedo leer que su palabra es como un fuego que me cala hasta los huesos y que no me puedo callar.

       De mayor quiero ser como Jeremías.

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